Sobre santos y putas
un artículo que recoge el rol de la prostitución en la religión judeocristiana.
Si ponemos en paralelo los conceptos de prostitución y cristiandad la primera idea es que ambos se contraponen, pero si indagamos más a fondos nos daremos cuenta que estos han coexistido juntos, con el primero arreglándose para perpetuarse al interior del segundo a lo largo de la historia aún desde los tiempos del relato bíblico, y no solo hablo del manido relato de Jesús y María Magdalena (tan explotado desde el catolicismo romano y el arte occidental pero totalmente descartado por la Ortodoxia), hay otras historias, otros discursos y otros hechos que nos presentan a la prostitución sobreviviendo junto, gracias y en el cristianismo.
El primer relato bíblico de intercambio de favores sexuales por vienes y servicios lo encontramos en la historia de Judá y Tamar, la conocida historia de ¨la puta de Enaim¨. Judá, uno de los doce hijos de Jacob, casa a su primogénito Onán con una mujer de nombre Tamar, pero la noche en que se debe consumar el matrimonio este es muerto por un ángel (según dicen algunas interpretaciones por ser aficionado a la masturbación¹ y otras por practicar el coitus interruptus). Tras enviudar, Tamar es acogida en la casa de su suegro pero él se niega a buscarle un nuevo esposo, y mucho menos a tomarla como esposa, ya que le achaca el ser la causante de la muerte de su hijo. Tamar, deseosa de conformar una familia, más aún si lo es con un príncipe de la prospera familia de Israel, aprovecha un viaje que hace su suegro a una venta de ganado y lo sigue al lugar donde esta será llevada, un ambiente donde, tal parece, se facilitaba el comercio sexual y el libertinaje de las jefes patriarcales de la época. Ataviada como una prostituta Tamar se ubica en una parada a medio camino del pueblo donde será llevada a cabo aquella suerte de feria ganadera, lugar de nombre Enaim, y luego de lograr seducir a Judá y tener sexo con él toma como pago su sello, una de sus sandalias y su callado. Meses después se descubre que Tamar está embarazada lleno de ira Judá manda a ejecutarla en la hoguera acusándola de fornicación, resolviéndose todo en favor de Tamar cuando esta revela que quien la ha embarazado es Judá, aportando como prueba los objetos de él que ella aún guardaba. La historia anterior deja para la posteridad no solo una flagrante muestra de la doble moral de la sociedad patriarcal; también, cual tiro en el pie, la reticencia de Judá a cumplir sus deberes con la viuda de su hijo, dejo para los judíos (quienes reclaman ser sus descendientes) el desafortunado presedente de ser los hijos de una puta, muy aprovechado este por sus enemigos a lo largo de la historia.
La siguiente trabajadora sexual de relevancia en el texto del Antiguo Testamento aparece en la epopeya relatada en el libro de Josué. Rahab, una prostituta de Jericó ayuda a los espías israelitas a salirse bien librados en su aventura de conocer las defensas de la ciudad, la ayuda brindada se da a cambio de librarse ella y su familia de la sangrienta masacre que se avenía con la conquista de la ciudad por parte de la horda llegada desde el desierto. Es interesante cómo si nos ponemos del lado de los jericontinos la más grande traidora de su historia resultó ser una prostituta, un relato que acrecienta la tragedia de un pueblo caído en desgracia y lo reviste de tintes moralizantes, pero que al recibir nosotros la historia del lado de los vencedores se nos invita a pasar por alto que nuestros héroes se sirvieron de artimañas sucias para lograr su cometido, y al final toda reflexión posible se salda con el argumento de ¨dios lo quiere¨
El ultimo personaje asociado la prostitución que resulta relevante en el periodo más tribal de los antiguos israelitas es Jefte, a quien el mismo relator bíblico llama ¨el hijo de una ramera¨². Jefte, al ser desposeído de su herencia por sus medios hermanos, se vuelve líder de una cuadrilla de foragidos que se torna tan poderosa que al final fueron los únicos capaces de plantear cara los enemigos de los israelitas. Al final Jefte se redime frente a su gente, pero no puede evitarse tener un destino trágico y arrastrar a este a su hija. Jefte es otro de esos héroes bíblicos que parecen no encajar en una narrativa religiosa, o no al menos la que la gente más conservadora quisiera que viéramos, y al final es uno de esos bandidos santones que suelen encontrar muy buen recibimiento en la religiosidad popular.
Con la instauración de un Israel monárquico surgieron pugnas entre quienes estaban a favor de una sociedad urbana que imitara el modelo de los sofisticados reinos vecinos (en especial el de los fenicios) y quienes se aferraban al recuerdo de un Israel tribal, añorando las épocas sencillas en que la unión con su Dios se manifestaba con una simpleza casi animista y una relación directa y no con boato y grandiosidad. Fueron dichos nostálgicos de los viejos modos quienes vieron en la prostitución un símbolo de la decadencia, y esto puede hayar su razón en que una sociedad que se urbaniza es una en donde el trabajo sexual se arraiga. Para los puritanos adoradores del antiguo Dios del desierto la aceptación de ritos ajenos era una suerte de prostitución espiritual, y es que a la par que había un rito centralizado en Jerusalén, es entendible que la gente fuera de esa ciudad se viese seducida por otras formas de adoración complementaria que integraban ritos de fertilidad (muy importantes para pueblos agrícolas y ganaderos) y por la prostitución ritual, una forma de manutención del rito religioso en que tanto el sacerdocio como los fieles ganaban. De esta lucha interna surge la figura de la ultima prostituta famosa de la época veterotestamentaria, Gomer, quien fue desposa por el profeta Oseas. Luego de tener tres hijos y tras una suerte de desventuras en que Gomer huye para prostituirse nuevamente, Oseas la busca y la compra del burdel a cambio de quince monedas de plata y una carga de cebada. Pese a todo, aquel relato que en principio estaba destinado a denunciar la perversión de los israelitas al final sirve como metáfora del Amor de Dios (representado en Oseas) por su pueblo (Gomer), el cual es tan fuerte como para que ambos se mantengan unidos pese a las múltiples transgresiones del segundo.
El nuevo testamento nos trae una suerte de tríptico en donde podemos admirar tres facetas de la figura de la prostituta: la santa, la redimida y la corruptora. En una afirmación, cuanto menos polémica, se puede decir que Santa Maria es la puta más importante de la Biblia, claramente no es retratada como tal por los evangelistas, pero para sus coetáneos sí que debió serlo, esa es la visión que recoge algunas citas del Corán³ donde algunas personas (presentadas como infieles) acusan a María de ser promiscua y fornicaria, igualmente, la narrativa anticristiana de los judíos y de los griegos paganos retrata a la madre de Jesús como una mujer que se prostituía con los romanos.
La prostituta que alcanzó la redención, aquella que iban a apedrear los fariseos, podría ser un personaje irrelevante si el cristianismo no se hubiera empeñado en magnificar su figura. Por sí sola la historia de la mujer salvada por Jesús dice más de él y su relación con el legalismo fariseo que de ella, pero una vez a aquella adultera anónimo (de la que nunca se nos dice si en realidad se dedicaba a la prostitución) se le fusionan cuatro personajes femeninos distintos de los evangelios se crea una historia bastante rica pero de intencionalidad dudosa, solo atribuible a la necesidad patriarcal de restar importancia al rol femenino en la cristiandad. En la versión católica de la historia se reduce al maximo la diversidad femenina en el evangelio, la mujer intelectual (María de Betania), la pudiente con enfermedades mentales (María Magdalena), la pecadora que lava con sus lágrimas los pies del Mesías y la adultera que casi es muerta a pedradas se simplifican en un único rol y una única palabra: puta. En todo caso, en una ironía de la historia, el falseamiento de la trama del evangelio conduce una vez más a un episodio en que la santidad y la prostitución se encuentran frente a frente como complemento, y es que María Magdalena, la “puta”, es la primera que atestigua la resurrección de Cristo, la primera que asiste al momento más importante de la cristiandad, aquel que concreta la redención de la humanidad.
La última gran alusión a la prostitución presenta en la Biblia es la mención apocalíptica de la puta de Babilonia, figura que algunos exegetas dan en identificar con Jerusalén y otros con Roma, y posteriormente se volvió el símbolo de la rendición de los poderes temporales a la corrupción de los valores anticristianos. Si pensamos un poco al respecto nos percatamos de una inversión de valores donde es la puta la que adquiere la función dominante y sus clientes la pasiva, siendo así, se nos invita a pensar si en el ejercicio libre del trabajó sexual ¿quién al final termina mandando? Reflexión válida que tambien debe hacerse cualquiera al que se le diga que es él quien tiene el poder, siendo el caso paradigmático como el supuesto poder del “pueblo” en la democracia plebiscitaria.
Con la consolidación del cristianismo en la cuenca del mediterráneo la prostitución continuó viajando cual polizón en la nave de la iglesia, y esta, pese a denostarla no la condenaba, la trataba como una herramienta para la salvaguarda de la moral cristiana, dando un remanzo de libertad sexual para los hombres y un ejemplo sobre lo que no ser para las mujeres. Ya el propio San Agustín decía en su tratado De Ordine: “cerrad los prostíbulos y la lujuria lo invadirá todo"⁴.
Pero las prostitutas para el cristianismo no solo servían como una suerte de cloaca, una balbula de escape necesaria para filtrar los vicios de la lujuria, también podían ser usadas como ejemplo de redención, no siendo pocas las mujeres que una vez abandonado el trabajo sexual pasaban a engrosar las filas de los conventos. A este respecto tenemos el ya mencionado caso de la leyenda construida en torno a María Magdalena (en el que no se ahondará por ser un tema ya bastante abordado en otras fuentes) y el de otra María, Santa María de Egipto.
El caso de Santa María de Egipto es paradigmático porque nos presenta a una mujer que se prostituye por gusto, al punto de recorrer la ruta desde Alejandría a Jerusalén dedicándose a prestar servicios sexuales, encontrando su acto de redención cuando una fuerza sobrenatural le impide entrar al Santo Sepulcro, lo que la lleva a dedicarse a una vida como ermitaña en el desierto de Judea. Santa María de Egipto se nos presenta como una mujer que logra redimirse a pesar se sus pecados; no obstante quedan los reparos sobre si ese juicio tan benévolo se corresponde realmente a la moral de la sociedad en que surgió, de forma más crítica lo podemos pensar en cómo se trataba de mostrar a las trabajadoras sexuales como promiscuas y maliciosas (solo redimibles por la via de la fe) ignorando que muchas mujeres llegaban a dicho oficio por falta de oportunidades, y en muchos casos no eran trabajadoras si no mujeres en condición de explotación sexual, una realidad y una clase de juicio que aún se presenta en nuestras sociedades. En todo caso Santa María de Egipto vuelve a hacer qué la prostitución y la cristiandad se presenten en ambos extremos de una línea que casi forma un círculo
Para cerrar podemos hablar de cuando la prostitución y la santidad se aproximan pero siguiendo el camino inverso, es decir, cuando las prostitutas hacen suyos la simbología sacra, de esto señalaré cuatro casos pero solo pormenorizando dos: María Magdalena San Judas Tadeo, San Vitali de Gaza y San Nicolas de Bari. Los dos primeros casos son de amplio conocimiento: María Magdalena no podía como no ser un símbolo de las reivindicaciones de las trabajadoras sexuales una vez se construyó el ya mencionado relato en torno a ella; San Judas Tadeo viene siendo tomado como patrono de los marginales: criminales, drogadictos y putas, una nueva tradición con principal arraigo en México y no bien vista por la autoridad eclesiástica.
San Vitali de Gaza (Vidal su nombre latino) es tenido como el santo patrono de las prostitutas en el rito Ortodoxo. Vitali era un monje ermitaño que trabajaba como jornalero toda la semana, cada viernes en la noche se dirigía al burdel del poblado más próximo donde pasaba toda la noche con una prostituta diferente, un hombre que sabia de aquello, airado por lo que consideraba un acto de hipocresía esperó a Vitali a la salida del burdel y lo golpeó con una roca en la cabeza, el monje agonizó un par de días y al morir todas las prostitutas acudieron a su entierro, tristes por la muerte del hombre que cada viernes las contrataba y usaba su tiempo con ellas para predicarles el Evangelio.
San Nicolas de Bari, el mismo que inspiró el personaje navideño de Santa Claus, es patrono de las prostitutas al vender sus vienes y darlo en caridad a un par de hermanas a las que la pobreza (y por tanto el no tener con qué pagar una dote con la cual buscar un esposo) estaba por orillarlas a vender su cuerpo.
Se puede concluir que el espíritu creador que trata de contener la religiosidad cristiana encuentra una extraña mancuerna con el ejercicio de la prostitución, quizás porque esta, a su manera, recoge los deseos vitales de una sociedad sexualmente contenida que solo encuentra escape instrumentalizando a las mujeres que está misma marginadas pero a la vez presentándole opciones de redención e incluso haciéndolas protagonistas de la salvación de la comunidad.

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